Queridos enemigos

Una industria sin sentido se rige por normas sin sentido. Más que estar claro, se trata de una realidad que debería ser analizada cada vez más y más detalladamente.

Hemos visto como una reina que se enemistó con todo lo que representaba su padre, erigió lo que hoy conocemos como "Derechos de Autor". Una situación de censura nos impide progresar al punto que nuestra sociedad lo requiere. Un medio de presión política de hace bastantes siglos es, hoy por hoy, lo que ha permitido que dejemos de ver la realidad como es, y la veamos como nos la plantean.

Siendo más claro, y como siempre, como opinión personal, a la industria no le importa tener clientes, sino tener poder.

Se ha convertido a los clientes y usuarios en los enemigos de dicha industria. Han dejado de lado a las personas que lucran con "su obra", porque como ya vimos, directa o indirectamente, les reportan beneficios. Pero la copia en sí misma, la que no reporta beneficios ni directos ni indirectos, es la preocupación de esta industria, que nos intenta convencer que es por el bien supremo de todos nosotros que se deba cuidar del "derecho de autor", cuando fustigan a sus creadores a sueldo para que realicen un producto de la más baja calidad posible, que les reporte las más altas ganancias.

Mientras tanto, cuando comenzó la digitalización, supieron de antemano que no habrían negocios bajo la mesa con los piratas. Que la época de bonanza y crecimiento desmesurados llegarían a su fin, después de tantos siglos de luchar contra el cliente, para que solamente ellos pudieran realizar el tráfico, legal o ilegal, de las obras.

Cuando un editor es cuestionado sobre por qué ellos mantienen un monopolio de las obras, dicen que es por "mantener la calidad". De hecho, la edición se trata de corregir y mejorar, pero, ¿mejorar para quién? ¿Para el cliente o para el editor, la casa editorial o los inversionistas?

La ética no toca la puerta de los negocios, eso está muy claro hace ya muchos siglos. Se ha matado, pisoteado y ultrajado en el nombre del libre comercio y hemos llegado a un punto donde los bienes tangibles sí circulan por el libre comercio, mientras que la propiedad intelectual se mantiene en el único monopolio no gubernalmental permitido y protegido en todas las legislaciones capitalistas.

La ética sería lo que dicta el sentido común: si todo bien tangible puede ser producido por cualquiera, bajo ciertas normas, todo producto intelectual debería poder ser producido por diferentes personas alrededor del mundo. Pero lo que sucede en la práctica es que, si un autor decide que su editor no le conviene, debe cumplir antes con un contrato editorial que casi siempre se compone de un número finito de obras, exclusivas con un editor, mismas que no podrán volver a ser editadas aun cuando se cumpla un término de dichas obras. Lo que es lo mismo: si un autor decide que su editor no le conviene, se jode hasta terminar su contrato, y todo lo que cubra ese contrato, ya no le pertenece.

Mientras no hubo medios "populares" para copiar, el usuario vivía en la feliz realidad de la copia ilegal: compraba libros a precios reducidos de editores "alternativos" que, la mayor parte de las veces, no eran más que los mismos editores conscientes de la realidad económica y que producían sus mismos libros, con algo menos de calidad, pero con beneficios siempre para ellos mismos. Además, dichas copias no se contaron ni se contarán en un censo de tiraje,  como se hace con las copias legales. Negocio redondo.

Llegados a la era de la digitalización, comenzaron las cazas de brujas, como hemos visto en años recientes. Mientras tanto, cuando Megaupload cerró (y es solo por citar un caso) las ventas de piratería se dispararon, el mercado negro comenzó a ganar lo que había dejado de ganar y, una vez más, la gente que desea copiar, ha recordado servicios como eMule y BitTorrent y se ha volcado de lleno a volver a compartir los productos intelectuales, con más fuerza que antes, como de la protesta silenciosa de la que se trata.

Las leyes han sido manipuladas a un punto tan insensible que cualquiera en Estados Unidos -por poner otro ejemplo-, puede ir a la cárcel por compartir 15 canciones, o en Francia y Reino Unido quedarse sin acceso a Internet por orden judicial. Suecia es otro ejemplo del poder "democrático" en manos de una industria. Cosa curiosa: nadie representa los intereses de la ciudadanía. ¿No se supone que de eso se trata la democracia?

Las penas que deberían aplicarse a quienes se hacen con un dinero por un tráfico ilegal -porque en todas sus formas, así es- se le están pasando directamente a los consumidores, y no a los consumidores que compran dicho tráfico ilegal. Se le pasa a los consumidores que realmente buscan conocer, cultivarse y disfrutar de "algo" que ni siquiera pagaron, y en la mayor parte demuestran que jamás van a pagar.

El usuario y el autor, curiosamente, han quedado despojados de sus derechos, por el derecho de alguien que se llama "editor". Alguien que por manipulación de las leyes y a golpe de cheque ha logrado despojar de su obra al autor, al verdadero beneficiario de la obra, que además queda cautivo, en una esclavitud creativa, durante un mínimo de proyectos que pueden quedar congelados si a los editores no conviene. El ciudadano de calle, el usuario, ha quedado privado del derecho a la privacidad, a la libre expresión, a la transparencia en sus comunicaciones, y hasta de la libertad, sin afectar realmente los intereses de otras personas. En realidad lo único que ha hecho el usuario es decidir qué le gusta y qué no.

Aunque parece un poco desventurado todo esto, quedan propuestas por hacerse. Y ya hay movimientos sobre el manejo y licenciamiento del derecho de autor. También queda saber qué está haciendo la industria del derecho de autor para ocultar, engañar y hacerse con todavía más poder, para poder parecer un lindo cordero herido, ocultando a un lobo hambriento y sanguinario dispuesto a todo por seguir devorando más y más.

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