En una pluma

Si alguien usó las computadoras cuando el MS-DOS era lo único que había como sistema operativo, recordarán sin duda que pocos (muy pocos realmente) programas se copiaban al disco rígido de la computadora. La razón era el costo del disco rígido (sí, antes eran incosteables, cuando hoy conseguimos discos de medio terabyte por el precio del teclado de aquel entonces). Entonces cargar tu disco flexible de 5.25" con tu programa favorito (como el banner en mi caso) era cosa normal.

Pero después vinieron Windows y sus consabidas instalaciones: carga que carga al disco rígido, instala que te instala (sobre todo porque no somos piratillas, ¿verdad?) y en un momento ni sistema ni disco: nada más no carga el sistema. A reparar el sistema o cosas peores (como esa asquerocidad de "formatear").

Y la portabilidad de las aplicaciones está de moda una vez más, gracias sobre todo a las memorias USB: podemos llevar nuestro programa favorito a cualquier lado en nuestro pen drive, sin necesidad de instalar. Eso es a lo que llamo eficiencia.

El problema es cuando las aplicaciones son más comerciales (nunca he visto el Office 2007 portable) porque los desarrolladores quieren casar tu computadora con tu licencia y entonces no hay manera de hacerlos entrar en razón. Ahora hay que doblar una vez más las reglas para poder llevar el Potoshop o lo que quieras en tu memoria: parchear, simular, extraer, todo esto en contra de la licencia (malditas licencias comerciales) y poder sobrevivir en el campo de batalla cuando, o no tienes computadora propia, o usas la del vecino de vez en cuando. Una pena.

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