El tormentoso huérfano

Mi amigo ya no podía contener las lágrimas. Contaba una historia (según propia y verdadera) donde mis padres sufrían un triángulo amoroso. Además, la supuesta Sancha (que algún nombre le teníamos que poner) ya quería expropiarse hijos y marido por igual.

Se suponía que la había conocido en un cabaré, los teibols de antes, donde, según cuentan los que saben, había más acción que en un lap dance. Al menos, había más acción de la que he visto en los antros a los que he ido. Se llamaba digamos que Maruja. Y como en la canción, un día "llegó pronto del tajo" mi madre, y ¡bolas!, y en pelotas también. Tremendo drama.

También se suponía que mi padre era más esquirol de lo que pudo llegar a ser (que de eso nada, simplemente desentendido y un poco hijo de la chingada). Y siguiendo con la mentira, conté que unos y otros estábamos más contentos con la mamastra que con la mamá. Que le habíamos dado la espalda, que nos olvidamos hasta de su nombre y apoyamos al viejo. ¡Qué pinche imaginación tan perversa!

También le dije que me habían cortado un huevo, que me dejaron cien mujeres por cien hombres maricones, y no sé que tanta cosa más. Inventé maldición y media que caía sobre nuestra vida, de mis hermanos y la mía, cuando se me ocurrió la cereza del pastel.

Le conté que mi padre, no sé por qué malas artes, había conseguido una pistola alemana, una Lugger usada por algún Nazi. Harto ya de estar harto de los reproches de su exesposa, acabó con la vida de ella, y la suya misma. Antes, claro, acabó con la cabaretera (que así se les llamaba a las teiboleras de antes, según dicen los que saben), y nos dejó huérfanos de padre y madre. Y de madrastra, claro.

En fin, en eso estaba cuando llegó mi madre, la auténtica, no la inventada, pues esa se escondió en la fantasía, y me saludó cariñosamente.

"¿Disculpe señora? ¿La conozco?". Mi madre, sin saber si reir o si llorar, optó por darme un bofetón y mi amigo, diligente, todo un caballero, ayudó a los propósitos de mi progenitora para molerme a palos, por inventar mentiras tan serias.

Me cae que a veces no tengo madre. Y cuando la tengo, juro que la olvido. Lo que más me duele es que el viejo no puede defenderse desde su tumba.

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