El departamento 32.

El departamento 32.

Esa vez llegué temprano. Un logro. Aun hoy llego tarde, a la casa, a los eventos, a todos lados. Bueno, a todos lados menos al aeropuerto, que ahí no perdonan nada. Era la primera vez que iba por ella al departamento de su amiga Lucía. Tocas dos veces, para saber que eres tú, dijo. Las instrucciones eran bien exactas. Las seguí al pie de la letra, como el que prepara pólvora o algún químico tóxico que puede estallar si una gota de más lograra escaparse. Ding dong ding dong, estas cosas del amor.

Cinco minutos. Ding dong ding dong. Diez minutos. Ding dong ding dong. Media hora. ¡Ding dong ding dong, con un carajo! Una hora. Me retiro.

Al día siguiente, la llamada que colmó el vaso de mi paciencia --sí, todavía guardé un ápice de paciencia por aquello que se necesitara--. "Oye cariñito, por qué no fuiste por mí" (traducir, por favor, por "Oyeme, pedazo de menos que una rata, me dejaste plantada"). Silencio. "No piensas contestar, ¿verdad?". "Te esperé una hora". "Mejor invéntate otra cosa, te esperé por dos horas". Silencio, ese de muerte, donde puedes sentir que algo malo va a ocurrir. "Te esperé una hora, toqué y toqué (dos veces por vez) y nadie contestó". "No juegues conmigo, estuve ahí como estúpida esperándote". Silencio. Corté la llamada. Eran las 10:30 de la mañana, yo todavía estudiaba, ella no. ¿Toqué el 32?

15:00 Instituto de faltos de cerebro con exceso de dinero (todos menos yo, claro). Salía platicando con un amigo, y por una de esas cosas que no te explicas, el tipo que hacían llamar prefecto y me caía, le caía, nos caíamos en la punta de la punta, me sonreía de oreja a oreja. "Malas tardes". "Buenas diría yo" contestó el anciano. Signos de interrogación. De repente, sin aviso alguno, un brazo, bastante fuerte e inesperado, jaló el cuello de mi chamarra verde-amarilla con escudo del instituto en cuestión. Cara de estupefacción. Cara de lo siento mucho. ¿Cara de lo siento mucho? ¿Tú con esa cara? Já. Tengo todas las cartas.

"Pero que diab..." ¡Smac! "Pero que te pas..." ¡Smac, smac, smac! "¿No que estabas muy molesta?" Mis queridos amigos, soy un hombre como cualquier otro, pero en ese momento, o tenía mucha lucidez o quería explotar al límite mi superioridad en la situación. Como me gusta el cinismo. "Vamos a comer y platicamos, ¿oquei?".

Nos alejábamos, mientras el instituto de palurdos adinerados nos veía alejarnos por la avenida. Palurdos, menos yo y mis amigos, claro.

Dirijimos nuestros pasos a un Vips. "¡Ay amorcito... te juro que te vas a reir!". Silencio. "Mira, es que sn error lo comete cualquiera" (cualquiera menos tú, pensé). Silencio de cementerio. "Pero no estás enojado, ¿verdad mi vida?". Silencio de bomba nuclear cayendo sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945 a las 8:14 más una mirada de "noooo, ¿yo? Si soy tu tapete y sabes que te puedes limpiar conmigo".

Pian pianito llegamos al Vips. Todavía hoy el gerente me saluda. "¡Pero que demonios te pasa!" medio grité, medio gemí, medio callé (tres medios... Pitágoras sí miente). "Era el 42". Juro que quise reirme, pero no pude. Media hora después, entre risas, después de mucha labor de su parte (de veras que después de mucha), me hice de nuevo su tapete.

Ella sí que lo sabía.

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