Archivo

Archivo para la categoría ‘Cuentos y relatos’

Café

Domingo, 12 de Julio de 2009

Creo que cuando nací, me cambiaron. No es que no me haya parecido a mis padres. Cuando era niño, decían que mi mamá era mi hermana, y que era idéntico a mi padre.

Creo que nací de un árbol. Estaba envuelto entre una pulpa exquisita, fresca. Mi piel, debió sin duda ser rojiza. Seguro que sí.

Yo era un café. De alguna manera tuve que convertirme en humano,  tomando sus fortalezas y debilidades. Pero mi espíritu, es el del café. ¿Por qué creo esto?

Cada día, al despertar, debo tomar una taza humeante de café. Cargado. Está en mi sangre. De niño, nunca me enseñaron que lo primero, antes aun de dar los buenos días, era tomar una humeante taza de café, cargado. No. Además, cuando tomé mi primer taza de café estaba solo. Me había quedado estudiando algunas horas, y mi cuerpo, de  manera autómata, sin darme cuenta, puso el agua a hervir, sacó el tarro del café –de grano- y me preparó –me preparé–, un delicioso café. No fue sino hasta mucho tiempo después que noté eso.

Cuando yo tenía 14 años, no iba tan a menudo al cine como a la cafetería. Mis mejores amigos eran Kundera, Goethe, entre muchos otros. Y siempre, mi compañera, una deliciosa taza de café. Crecí, y mi esposa no acostumbraba tomar ninguna clase de café. Según me dijo estaba contraindicado por el médico, pero en realidad es que jamás le había gustado. Hoy, compartimos nuestro tiempo con un café.

¡Hasta cuando nos peleamos mi esposa y yo, ahí ha estado mi compañera! Ella me ve con su gran único ojo, deja que la tome por la oreja, y me planta un beso en los labios… con sabor a café.

Seguro, que de bebé me cambiaron. Hoy, esa taza de café, aunque cambie de forma, parece mi hermana, y no se separa, y me cuida. Y de noche, si no quiere dormir, me acompaña a hacer travesuras.

Cuentos y relatos, Mikelet , , , ,

El tormentoso huérfano

Sábado, 9 de Mayo de 2009

Mi amigo ya no podía contener las lágrimas. Contaba una historia (según propia y verdadera) donde mis padres sufrían un triángulo amoroso. Además, la supuesta sancha (que algún nombre le teníamos que poner) ya quería expropiarse hijos y marido por igual.

Se suponía que la había conocido en un cabaré, los teibols de antes, donde, según cuentan los que saben, había más acción que en un lap dance. Al menos, había más acción de la que he visto en los antros a los que he ido. Se llamaba digamos que Maruja. Y como en la canción, un día “llegó pronto del tajo” mi madre, y ¡bolas!, y en pelotas también. Tremendo drama.

También se suponía que mi padre era más esquirol de lo que pudo llegar a ser (que de eso nada, simplemente desentendido y un poco hijo de la chingada). Y siguiendo con la mentira, conté que unos y otros estábamos más contentos con la mamastra que con la mamá. Que le habíamos dado la espalda, que nos olvidamos hasta de su nombre y apoyamos al viejo. ¡Qué pinche imaginación tan perversa!

También le dije que me habían cortado un huevo, que me dejaron cien mujeres por cien hombres maricones, y no sé que tanta cosa más. Inventé maldición y media que caía sobre nuestra vida, de mis hermanos y la mía, cuando se me ocurrió la cereza del pastel.

Le conté que mi padre, no sé por qué malas artes, había conseguido una pistola alemana, una Lugger usada por algún Nazi. Harto ya de estar harto de los reproches de su exesposa, acabó con la vida de ella, y la suya misma. Antes, claro, acabó con la cabaretera (que así se les llamaba a las teiboleras de antes, según dicen los que saben), y nos dejó huérfanos de padre y madre, y de madrastra, claro.

En fin, en eso estaba cuando llegó mi madre, la auténtica, no la inventada, pues esa se escondió en la fantasía, y me saludó cariñosamente.

“¿Disculpe señora? ¿La conozco?”. Mi madre, sin saber si reir o si llorar, optó por darme un bofetón y mi amigo, diligente, todo un caballero, ayudó a los propósitos de mi progenitora para molerme a palos, por inventar mentiras tan serias.

Me cae que a veces no tengo madre. Y cuando la tengo, juro que la olvido. Lo que más me duele es que el viejo no puede defenderse desde su tumba.

Cuentos y relatos , , , , , , ,

¡Cobarde, valiente memoria!

Miércoles, 23 de Abril de 2008

Es de noche. Las luces todavía no han sido apagadas. Quizá haga falta que amanezca para que lo hagan. Estamos solos tú y yo, en este lugar regularmente tan concurrido, tan lleno de todos, tan vacío de nosotros. Estamos solos, sigo, esperando sentir nuevamente algo por tu prescencia yo, esperando que mi respuesta sea la que esperas, tú.

Hoy no hay luna, y las pocas estrellas que dejan ver los restos de la contaminación del día son tapadas, casi siempre por nubes que no tienen forma, ni siquiera de corazón roto…

Me pides que vuelva contigo. Dime tú que me darás si regreso a tu lado… ¡a buena hora vienes a curar el corazón que destrozaste! Y la cobarde, valiente memoria, surge de las cenizas del pasado reciente. Vamos: el recuerdo de mis heridas, de tus heridas, del terrorismo que nos provocábamos a cada dos, a cada cuatro, a cada diez. Ara ja no és hora…

Y todavía preguntas si fui feliz. Cuando reíamos, cuando cantábamos, cuando besábamos, cuando amábamos… qué bonito es recordar los buenos tiempos. Es ignorar el vómito de rencor que lanzaste unos días antes, como si nunca hubieras faltado, fallado… Si quieres te escribo una lista con nombres y camas, ¡cómo tienes valor de llamar a mi casa a ver qué me pasa! No tienes remedio, ni tienes perdón.

A mí, me aplastaste con el más leve desliz, con el pequeño tropiezo de un beso una noche que no trascendió más allá. Pero olvidaste, siempre y sobre todo en aquél momento, tus salidas, tus cardenales en el cuello, o en otras partes del cuerpo, o aquella vez que me dejaste porque salías, desde antes con alguien más. No tienes corazón.

Claro, no puedo olvidar las cenas en el café, las flores rojas un día cualquiera sin un motivo que no fuera el amor que te tenía… que quizá, por mi desgracia y maldición, te tengo y te tendré. Claro que no olvido tus caricias, tu aroma, tu aliento, ni nada. No olvido nada. Y de perdonar se perdona, pero de permitir, de eso se trata…

Y sí, desdichado, fui feliz, en las cenas, en las caricias, en las sonrisas, en los besos, y hasta en los abandonos. Lo fuí.

Pero esta cobarde, valiente memoria, no va más.

Cuentos y relatos , , , , , ,

Rumbo a Tlalpan

Martes, 25 de Marzo de 2008

Un día, navegando en una página de internet (una de esas que por más que le rezas a san Google no logras reencontrar, ni por asomo, ni por nada, leí una serie de historias que hablaban de una libertina (o quizá liberal y mis propios complejos no me dejan ve la realidad) mujer que, ya en el vagón del metro, con un tipo por delante y otro por detrás, o con un taxista y un “su amigo” en un hotel con agarraderas que caían del techo, tenía variadas y coloridas relaciones no-sentimentales, pero harto sexuales con distintos compañeros.

Y también citando a internet, con las historia de varias prostitutas del círculo rojo madrilense, me daba cuenta que por una o por otra causa, infundadas o no éstas, uno conoce ciertas historias que no debe conocer. O para cantinflear menos, escucha historias “de putas” habiendo salido en una noche ídem.

Y también que cuando uno es mundano, y se rinde ante los placeres, más pronto que tarde se encuentra visitando meretrices que, fuera de cualquier juicio sesgado por los falsos valores o por auténtica moral ambigua, cubren con ciertos deseos que –ya por rutina o desventura, o quizá por falta de verbo para la conquista de una noche, y hasta por el escozor mismo que causa verlas– con la debilidad de la carne, se suelen tener.

Ella es una chica que ofrecía sus servicios en una esquina. En la conocida “costera de Tlalpan”, donde sendas Magdalenas de distintas edades, variedades, y hasta sexos, se encontraba, esperando, supongo que como cada noche, como cada tarde, al comensal que sus talentos requiriese. Caminaba yo, buscando una aventura pagada, por primera vez, por aquella zona. La vi a la distancia. No era muy tarde. Vestía una falda negra, una blusa rosa, de un rosa discreto y a la vez, de un tono que hacía lucir bella su maquillada sonrisa, sus pintados ojos, su cabellera de falso rubio. Mientras por mi inexperiencia llamaba la atención de las veteranas y se escuchaba el rumor de “mira, qué lindo mariconcito”, me acerqué a ella, quizá hipnotizado por su rostro, todavía con rastros de alguna inocencia tempranamente perdida, o aparentada, a saber.

“Hola linda” le dije, con más nervios que ganas. “Hola guapo… ¡qué rico hueles”. “Dime, cuál es tu tarifa”… y tras aquella conversación mercantilista, decidí probar sus servicios. Nos dirijimos, transportados por su gorila, un tipo que francamente sí infundía respeto, pero quizá no miedo, en un coche viejo, aunque con un olor agradable (a lavanda, quizá al lenón no le alcanzaba para el lavado de autos, je), a un hotel que traicioneramente está cerca de mi casa. Una vez ahí, pagando la habitación (un cuartucho con una cama individual, aunque también más limpio que muchos que haya visto), nos encerramos. Advertí, sin embargo, dos moratones en su brazo izquierdo, que apenas desaparecían. “¿Te han golpeado alguna vez?” “No, bueno, ¿a qué te refieres?” “Sí, si algún cliente te ha maltratado” “Solo la semana pasada me asaltaron, mira… todavía se ven los golpes”. Lindo garaón se cargaba por escolta. Su voz era tierna. Tierna como otras voces he escuchado y me han derretido. Traicionero destino, mente debil, corazón blando y falta de experiencia… Mala suerte para un primerizo que, nada joven, estaba por vez primera con una prostituta. Ese extraño sentimiento de cuando alguien tiene química (¡y vaya que también física!) contigo, me hizo bajar la guardia.

Venía de una ciudad con playas. Venía de una historia de mimos y oropel. De algodones y paredes de cristal, que se quebraron junto con el auto en que viajaban sus padres. Se hacía cargo –al menos eso dijo– de sus dos hermanitas. Ella, apenas mayor de edad (también lo dudo), comenzó jornales nocturnos después de fracasar como fracasan aquellos, y lo digo sin prejuicios, aquellos a quienes se les ha dado todo, lo que se dice todo, en la vida. Conoció a su chulo una noche que, harta ya de un trabajo regular, decidió entrarle al talón. La estrenó en el negocio, la capacitó, si así se le puede decir, a base de follar continuamente y películas pornográficas. “Mira, así te tienes que mover, vamos a practicar”. Y miren que tomó experiencia. Sus carnes, aun febriles y joviales, se movían de una manera bastante más entrenada, supongo, que como había llegado al negocio.

“Duda la mitad de lo que ves, y todo aquello de lo que oyes”. Sabio refrén.

Mientras no paraba de hablar, y mientras perdía el interés que inicialmente me llevó a visitar tan concurrida y de mala nota zona, comencé a sentir.

“El día que te enamores de una puta, debes alejarte de ella”. Sabio consejo.

Alguna vez todavía traté de concentrarme, sin éxito, en el jueguito de entrar y salir. Estaba en otro tema… ¿qué diablos hacía ahí todavía? No sé. Quizá algún sentimiento, que todavía trato de negar, igual sin éxito, se apoderó de mí.

Una ocasión, con prisa, pasé con mi auto por ahí. La he vuelto a ver, pero ella no a mí. Luce menos joven, menos alegre, menos inocente… Dicen los que saben que sigue pidiendo propina, que todavía habla de hermanitas, que su lastimera, pero dulce voz, convence a los incautos.

El diablo viene en coloridas, y agradables, envolturas.

Cuentos y relatos , ,

El departamento 32.

Martes, 25 de Marzo de 2008

El departamento 32.

Esa vez llegué temprano. Un logro. Aun hoy llego tarde, a la casa, a los eventos, a todos lados. Bueno, a todos lados menos al aeropuerto, que ahí no perdonan nada. Era la primera vez que iba por ella al departamento de su amiga Lucía. Tocas dos veces, para saber que eres tú, dijo. Las instrucciones eran bien exactas. Las seguí al pie de la letra, como el que prepara pólvora o algún químico tóxico que puede estallar si una gota de más lograra escaparse. Ding dong ding dong, estas cosas del amor.

Cinco minutos. Ding dong ding dong. Diez minutos. Ding dong ding dong. Media hora. ¡Ding dong ding dong, con un carajo! Una hora. Me retiro.

Al día siguiente, la llamada que colmó el vaso de mi paciencia –sí, todavía guardé un ápice de paciencia por aquello que se necesitara–. “Oye cariñito, por qué no fuiste por mí” (traducir, por favor, por “Oyeme, pedazo de menos que una rata, me dejaste plantada”). Silencio. “No piensas contestar, ¿verdad?”. “Te esperé una hora”. “Mejor invéntate otra cosa, te esperé por dos horas”. Silencio, ese de muerte, donde puedes sentir que algo malo va a ocurrir. “Te esperé una hora, toqué y toqué (dos veces por vez) y nadie contestó”. “No juegues conmigo, estuve ahí como estúpida esperándote”. Silencio. Corté la llamada. Eran las 10:30 de la mañana, yo todavía estudiaba, ella no. ¿Toqué el 32?

15:00 Instituto de faltos de cerebro con exceso de dinero (todos menos yo, claro). Salía platicando con un amigo, y por una de esas cosas que no te explicas, el tipo que hacían llamar prefecto y me caía, le caía, nos caíamos en la punta de la punta, me sonreía de oreja a oreja. “Malas tardes”. “Buenas diría yo” contestó el anciano. Signos de interrogación. De repente, sin aviso alguno, un brazo, bastante fuerte e inesperado, jaló el cuello de mi chamarra verde-amarilla con escudo del instituto en cuestión. Cara de estupefacción. Cara de lo siento mucho. ¿Cara de lo siento mucho? ¿Tú con esa cara? Já. Tengo todas las cartas.

“Pero que diab…” ¡Smac! “Pero que te pas…” ¡Smac, smac, smac! “¿No que estabas muy molesta?” Mis queridos amigos, soy un hombre como cualquier otro, pero en ese momento, o tenía mucha lucidez o quería explotar al límite mi superioridad en la situación. Como me gusta el cinismo. “Vamos a comer y platicamos, ¿oquei?”.

Nos alejábamos, mientras el instituto de palurdos adinerados nos veía alejarnos por la avenida. Palurdos, menos yo y mis amigos, claro.

Dirijimos nuestros pasos a un Vips. “¡Ay amorcito… te juro que te vas a reir!”. Silencio. “Mira, es que sn error lo comete cualquiera” (cualquiera menos tú, pensé). Silencio de cementerio. “Pero no estás enojado, ¿verdad mi vida?”. Silencio de bomba nuclear cayendo sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945 a las 8:14 más una mirada de “noooo, ¿yo? Si soy tu tapete y sabes que te puedes limpiar conmigo”.

Pian pianito llegamos al Vips. Todavía hoy el gerente me saluda. “¡Pero que demonios te pasa!” medio grité, medio gemí, medio callé (tres medios… Pitágoras sí miente). “Era el 42″. Juro que quise reirme, pero no pude. Media hora después, entre risas, después de mucha labor de su parte (de veras que después de mucha), me hice de nuevo su tapete.

Ella sí que lo sabía.

Cuentos y relatos , , ,

Los peluqueros no existen.

Lunes, 20 de Agosto de 2007

Voy a tratar de reproducir la siguiente anécdota tal y como era, aunque no la recuerdo muy bien. Que conste que no es copy-and-paste, pero casi:

Había una vez un peluquero que tenía por cosumbre decirle a sus clientes que Dios no existe.

- Imagine usted, ¡cómo va a existir Dios! ¿Ha visto usted esas guerras? ¿O los niños con hambre? Existen en el mundo millones de personas desposeídas, discapacitadas. Todos esos seres sufren… Si Dios existiera, todo eso no existiría.

La gente intentaba rebatirle los argumentos, lógicamente, sin éxito. Y es que los argumentos del peluquero parecían tener razón.Todas las desgracias e injusticias que prevalecen en el mundo parecen demasiadas a los ojos de unos pocos, y es común que los no creyentes (ateos) utilicen estas mismas frases para asegurar que Dios no existe.

Y así pasaba el tiempo, y aquel peluquero segía asegurando que Dios no existía, y la gente no lograba hacerlo cambiar de opinión.

Hasta que un día, un caballero, llegó a cortarse el cabello con el peluquero ateo. Y soportó, una vez más, como cualquier otro cliente de tan inusual peluquería, todo aquello que decía el peluquero.

El caballero no dijo ni mú. Contrario a eso, dio las gracias, pagó y cuando iba a salir, dijo:

- Sabe usted, los peluqueros no existen.
- ¡Como es que no van a existir! ¿Pues es que no me está viendo? ¿Es que no le acabo de cortar el cabello? Ustéd debe estar loco.
- ¿Pues cómo puede decir eso?, -dijo, mientras fuera de la peluquería pasaba un joven con el cabello largo-. ¿No ve usted a aquel joven que acaba de pasar? Si ese joven tiene el cabello largo es porque los peluqueros no existen.
- Bueno, pues es que ese joven jamás ha venido a mi. Es por ello que tiene el pelo largo.
- Pues justamente eso debe estar sucediendo con aquellos quienes sufren. Nunca van a buscar a Dios, que puede quitar sus penas y dolores. Al igual que el joven toma la decisión de no venir con el peluquero, aquellos quienes sufren, es porque no quieren buscar a Dios.

Y tú… ¿vas a la peluquería y buscas a Dios?

Cuentos y relatos


Free counter and web stats