Atole con el dedo

Mientras en Inglaterra se formaba un derecho falso, bastardo y muy de ardidos, en el resto del mundo se respiraba un aire de tranquilidad.

Claro que uno de los más quejicas fue Miguel de Cervantes, y el precursor de las organizaciones de gestión colectivas de derecho de autor, Victor Hugo, también se quejó mucho de esas "copias no autorizadas".

Sin embargo, todo era risas y diversión hasta que llegó el siglo XX, con sus avances tecnológicos cada año, cada semana... cada mes.

Una de las razones por la que los derechos de autor han sido tan mamaseados últimamente es porque definitivamente, la tecnología está al alcance de cualquier persona. En "State of Play", el protagonista, encarnado por Russell Crow, ironiza con esta situación, y dice "yo no he cambiado mi computadora en más de una década y llega esta niña y tiene la tecnología necesaria para lanzar un cohete espacial". Y es cierto.

La tecnología es la muestra perfecta del avance de nuestra cultura, aunque en sí misma la sociedad se vea a ratos retrógrada. Hoy en día tenemos la capacidad de procesamiento para determinar con bastante certeza ecuaciones que antes tomaban, literalmente, decenas de años, en tan solo unos segundos. Y nada qué decir del almacenamiento: donde hoy almacenamos el equivalente a una biblioteca digital (claro que solo incluyendo libros) equivalente a la José Vasconcelos, antes no cabía ni un encendedor.

La industria de los derechos de autor siempre ha estado en contra del avance de la tecnología y de la libertad de expresión, entre otras cosas. Para empezar, los monjes católicos, expertos en ser escribas medievales, vieron en la prensa de Gutenberg tanto la amenaza a sus intereses económicos directos (de dichos monjes, que cobraban oro más que prosaico por una copia -mal producida- de la Biblia), como los intereses de la propia Iglesia, que prefería mantener con miedo y en la ignorancia más profunda a la sociedad. Esto mismo pasó con la ya citada María la Sanguinaria, así como en la Revolución Francesa, y más recientemente, con la industria de la música, antes aun que existiera la industria de la música.

Cuando llegó el fonógrafo, se atacó el invento diciendo que la música de cámara se extinguiría, ya que la gente no querría escuchar música fuera de su casa. Es muy interesante cómo funcionó y cuál fue el protagonismo de este invento, que cuando algunos se dieron cuenta que era un gran negocio, y que no estaba protegido por los mismos "derechos de autor" (derechos de copia), se ejerció presión para lograr un derecho conexo, tema que ya platiqué anteriormente.

Cuando del fonógrafo y el Long Play, se pasó a la cinta de audio, la industria reaccionó violentamente, diciendo que la gente copiaría música, que en efecto se hizo, pero no por ello se dejó de producir y vender música, y como breve paréntesis diré que con mayor calidad que en la actualidad.

Cuando de la cinta pasamos al CD y posteriormente apareció el CD-R, la industria lloró sangre diciendo que los artistas ya no producirían, que la gente no escucharía música, que se tendría menos calidad. Y vaya, parece que nos están cumpliendo la falta de calidad, pero no justamente por las razones que ellos mismos citaban.

Cuando la industria habla de calidad, se refieren a "un producto que se pueda comercializar, nos deje dinero y todo el mundo quiera escuchar". No hablan de Bob Dylan ni de Chopin. Ellos hablan de Daddy Yankee y de Ivy Queen. O cosas aun peores que me daría pena siquiera nombrar. Para la industria, calidad no significa lo mismo que para los consumidores, al grado que los Artic Monkeys tuvieron que ser lanzados prácticamente por el público, cuando la industria nos indundó con covers, e irónicamente, con música cada vez menos instrumental, menos propositiva y más prefabricada.

[caption id="attachment_1022" align="aligncenter" width="445" caption="El tema de esto es la marmaja, reyes"][/caption]

También el cine, y sobre todo, las casas editoras que nos quieren vender películas de cada vez menor calidad, han ofrecido el mismo espectáculo. De tal forma que cuando Sony dijo "hey, miren, pueden grabar otro canal mientras están viendo un programa, y luego ver lo que grabaron", la industria del Copyright se abalanzó sobre la empresa y los atacó a la yugular. Y a decir verdad, fue un golpe, el inicial, que marcó la caída de Betamax.

Naturalmente, la digitalización ha sido la piedra en el zapato de la industria durante los últimos 10 años. Y es que de vernos forzados a comprar un disco hasta el desarrollo del códec MP3 -entre otros-, que nos permite llevar literalmente miles de melodías en nuestro bolsillo (o varias decenas de miles, también), también se ha consolidado el hecho de que lo susceptible a ser digitalizado no es controlado por nadie.

La naturaleza humana en realidad es la de compartir, copiar y distribuir con total libertad. La forma de aprender, de hecho, es fundamental. Los seres humanos tenemos la fama de ser inteligentes, pero nos olvidamos del hecho de que la manera en que aprendimos a hablar, escribir, e interactuar en sociedad, ha sido copiando gestos. De hecho, una vez superada cierta etapa de la vida de una persona, se supondría que ya no tendrían la conducta copista -en el estricto sentido psicológico-, que muchos y tantos se empeñan en seguir utilizando muy a pesar de cierta edad.

Recordemos también que la forma en que producimos un criterio dentro de la sociedad es replicando nuestra idea en tantas personas como sea posible. Necesitamos de la copia para seguir avanzando, ya que sin ella no habría forma de comunicar ideas, pensamientos y -a veces- emociones entre el resto de las personas.

[caption id="attachment_1023" align="aligncenter" width="300" caption="Fildapagua, nigga."][/caption]

Desafortunadamente, el dinero o los recursos que tienen los "propietarios" de los derechos de autor (que no son los autores, sigo insistiendo), son superiores a lo que una sociedad organizada como en la que supuestamente vivimos, son más poderosos que la razón de toda esta realidad.

Durante los siglos de la comunicación y la copia analógica, fue muy fácil mantener el control -que no eliminar absolutamente- la copia "no autorizada", que más bien ha sido una franca alternativa a los medios y recursos. Y es que muchas veces hemos visto que las mismas empresas disqueras, productores, y fabricantes de software son quienes filtran los "productos" a los piratas, para tener un ingreso extra, por un canal más fácilmente controlable y mucho más comercial.

No por esto este tipo de comercio puede ser juzgado de ético, o de lo contrario, sino es un hecho que se ha tornado innegable, aunque siempre vemos que hay chivos expiatorios en estos casos.

En el caso de la industria del software, algunos autores no han estado de acuerdo con algunas prácticas, y una de ellas es esta que se menciona. Algunos otros autores son los que filtran las ediciones preliminares de dicho software, y muchas veces, agentes comerciales y hasta altos directivos de la compañía y socios principales de las firmas, son quienes ofrecen los medios a piratas para llevar a cabo sus actividades.

No voy a profundizar en el caso que más tengo a mano, ya que no quiero que las personas involucradas queden descubiertas, y no porque quiera apoyar una actividad ilegal, sino porque para dichas personas es muy simple negarlo. Sin embargo, créanme que esta es la realidad y no podemos negarla por toda la vida.

Una conocida empresa desarrolla un software de valor inflado, supongamos diez mil dólares. Esa empresa vende también un equipo caro, especializado, que requiere ese software. Mientras que el software lo venderían solo una vez, los equipos pueden ser vendidos tantas veces como sea posible, y lo mejor de que no sea posible digitalizar un equipo, es que éste tiene un desgaste. Esta empresa tiene un socio que también resulta ser el director de ventas a nivel internacional, con una cartera de clientes bastante amplia, pero con un distribuidor con muy pocas luces para vender. Viendo que el caso de este distribuidor se repite en otros países, donde poco o nada puede hacer para estar y favorecer las ventas, decide contactar con un pirata que distribuía una copia vieja de otro software de la misma firma. Le ofrece un trato que nadie podría rechazar, aunque también es cierto que suena muy arriesgado: le ofrecerá los medios para obtener el programa, protección ante el resto de los socios (e inclusive, alcahueteará su actividad ante ellos), mientras ésta persona promocione dicho programa, lo vuelva muy accesible al mercado, y logren subir la cantidad de ventas del software.

Si usted no lo nota, si alguien está leyendo por encima, dirá que esto es falso, que esto no sucede, y que esto es una de las fantasías más grandes que se me pudieron ocurrir. Pero la verdad es que este caso existe, y de hecho el resto de los socios apoyan a esta persona, siempre buscando una forma de eludir las mismas leyes que ellos, de cara a la opinión pública, protegen y defienden.

Las ventas, por cierto, de equipo se multiplicaron no solo en un país, sino en varios, y existe una fuerte demanda del equipo "original" y del software "pirata".

Aunque claro, esto es el caso número uno, que todavía faltan más que no conozco, o aunque conozca, se repite la misma fórmula.

Creo que la peor pesadilla que vivimos es la desinformación generalizada de lo que sucede dentro de la industria de "Derechos de Autor" en general. Me parece, y perdón por el atrevimiento, que aunque pudiera ser necesario un modo para comercializar los productos suceptibles de copia, la peor manera es el actual sistema del editor exclusivo. Y lo peor de todo este sistema no es lo ya delicado que el autor deje de ser el verdadero dueño de sus creaciones, sino que el editor, y no una verdadera autoridad, ataque y criminalice a quienes menos debería: a los consumidores.

Y de ellos hablaré en la tercera entrega.

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