Unos cuantos cinturonazos
Iba camino hacia la casa, pensando cual sería el mejor castigo para Luis. No tenía idea si él estaba consciente del daño que había hecho a su madre y el dolor que me causaba haber sido defraudado por él. ¿Qué acaso no le enseñe lo mejor?, Digo, es normal que los niños tiendan a meterse en problemas, pero saber que tu hijo anda en malos pasos, que falta a la escuela, miente, y de estar en un momento con la frente en alto, a estar ahora completamente avergonzado por recogerlo en la delegación y saber que robó con un par de chamacos pendejos un celular en un Wall Mart es inaceptable para cualquier padre.
Durante el camino no dijimos ni una palabra, yo me mantenía al volante con la mirada, pensando miles de cosas sobre su comportamiento, descifrando cada una de las partes. ¿Habré sido yo? ¿Fui yo el que lo indujo a ese camino? Sé que he sido duro y demandante, pero todo lo he hecho por su bien. A mí me enseñaron de esa forma, y funcionó conmigo, y aunque prometí jamás pegarles a mis hijos cuando fuera padre, en este momento no sé cómo actuar.
Mientras yo pensaba todo esto, él se mantenía serio, mirando a través de la ventana, con los ojos rojos y apretando la mandíbula mientras se mordía los labios. Podía ver en su expresión la angustia por la incertidumbre de no saber qué pasaría llegando a la casa.
Ya estábamos llegando. Estacioné el coche en la cochera, baje del auto y de los nervios me costó trabajo quitar las llaves de la moldura del choche. Cerré la puerta del carro y le dije que me esperara adentro, yo le avisaría cuando debería entrar.
En el trayecto del carro a la casa, pensé cómo reaccionaría ella, pues tiene más carácter que yo. Metí la llave en el picaporte, y ella ya estaba del otro lado de la puerta esperándonos. Me preguntó por Luis y le ije que estaba en el auto. Cerró la puerta tras de mí y comenzamos a hablar.
-¿Y bien? ¿Qué vamos a hacer?
-No lo sé, castigarlo sin permisos. Le contesté.
-¿Y tú crees que con eso bastará?
-Al menos lo pensará dos veces antes de volver a hacerlo.
-No digas tonterías, esa no es una solución.
-¿Entonces qué propones?
-Darle una buena chinga, creo que es tiempo de que se la vayas dando.
-No lo he golpeado y no pretendo hacerlo.
-¿Si no lo haces entonces como planeas educarlo? Lo que hizo no es ningún chiste.
-Lo sé, pero no me atrevo a pegarle.
-Si no lo haces entonces que poco hombre eres.
-Claro que no, no sabes lo que estás diciendo.
-No eres más que un cobarde, un poco hombre, a ver ¿demuéstrame lo contrario?
-Ah sí, ¿quieres que lo haga?
-Sí, hazlo.
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Estaba encabronado, ya no importaba nada, lo único que quería era sacar mi enojo con ella. Abrí la puerta de un solo jalón, me dirigí al carro, abrí la puerta del copiloto y lo saque arrastrando de las greñas, con todo mi coraje a lo que da. Él comenzó a llorar, agarrándome de la mano para no lastimarlo más, mientras gritaba “No papá, ¿Por qué me haces esto? No lo volveré a hacer”. Entramos a la casa y lo aventé al sofá, mientras ella me veía haciendo todo esto, y sin decir absolutamente nada.
Luis estaba mojado en lágrimas, con el cabello despeinado y la cara completamente roja. Me quite el cinturón, y le ordene que se bajara los pantalones. Él me decía “No papá, por favor, ya no lo vuelvo a hacer”, pero yo no hacía caso a sus palabras, y le dije “O te bajas los pantalones o te tocara donde caiga el cinturón”. Al ver que la cosa iba en serio, se giró, bajo sus pantalones, y con ellos parte del calzón. Agarré el cinturón con fuerza y comencé a pegarle.
Cada vez que el cinturón tocaba su cuerpo, el sentimiento iba creciendo, el coraje se iba acrecentando; podía sentir la mirada de ella viendo como le pegaba a cada cinturonazo. Se escuchaba el grito de dolor de mi hijo, que se aunaba al sonido de la piel chocando con el cinturón. Mi respiración acrecentó y en un momento quiso meter las manos, a lo que replique “Si metes las manos te va a ir peor”. Con cada golpe saciaba mi frustración, mi rencor, mi decepción. Solo podía escuchar el ruego de él implorando que terminara, pero yo seguía, más y más fuerte. Justo ahí, ella no soporto más y se metió a la cocina, sabiendo que los gritos se escuchaban en toda la casa. Mi muñeca comenzó a dolerme, pero yo seguía, no podía parar. De pronto, de sus nalgas rosadas comenzaron a tornarse rojas, e incluso partes moradas, veía como empezaba a abrírsele la piel. Después de unos minutos, la sangre comenzó a verse, y fue ahí cuando me di cuenta de mi error. Me detuve, contemplando aquella escena espeluznante que yo había provocado, y comenzaron a sollozarme los ojos, pero me contuve, y le dije “Nunca había estado tan decepcionado de ti. No quiero verte, y no quiero saber de ti”.
Él, tratando de reincorporarse, con voz hiriente, contestó: “Yo tampoco, y disculpa por el daño que he causado”
Esas palabras se metieron en mi cabeza, y no pude soportar el momento. Salí de la casa, y me senté en la banqueta, saque de mi saco un cigarro, y comencé a llorar. Mientras el llanto me invadió, no pude dejar de llorar, y sentía cada cinturonazo que le di como si me lo hubiera dado yo. La mano me temblaba mientras me fumaba el cigarro, y mis lágrimas empezaron a ahogarme. Me dolía el cuerpo, y en ese momento, me pregunte si todos esos golpes y ese odio habían valido la pena, todo por quedar bien frente a aquella mujer que se consideraba su madre.










