El fútbol ha sido desde que tengo memoria uno de los deportes con mayor difusión y afición que he visto y me atrevo a decir que ningún deporte ha podido quitarle ese grado de importancia o de emoción que se le ha ido otorgando en 100 años.

Caracterizado como un deporte aguerrido, con características que lo hacen bastante peculiar y utilizando los pies como la base de este juego, este deporte ha empezado a tomar terreno no solo en el inconsciente colectivo de las masas, sino también se ha convertido en un deporte cultural y que ha generado una contienda de carácter mundial. El fútbol apasiona, incita, enciende sentimientos y hasta convierte simples personas en fanáticos del momento. Dejan a un lado diferencias, pero convierten semejanzas en espectacularidades. Que mejor forma de sentirse unido a algo, pues lo demás que debería unirnos de mejor o más forma no lo ha hecho, tal vez el secreto del cambio en este nuevo siglo está escondido en la forma en cómo se vende y se presenta al fútbol hoy en día (tan es así que el vasco Aguirre dirige un comercial patriótico considerando que a él lo que menos le importa es el país, sino calificar y ser reconocido, y mayor aún, ser bien pagado).

La afición mexicana también es muy bien conocida en los demás países, ¿pues quien tendría el valor como para colgarse un penacho en la cabeza, faltar al trabajo o a la escuela aún con el perjurio de perder su trabajo, su beca o su calificación, o inclusive ser tema para el rencor y la venganza (a las pruebas de las redes sociales me remito)?. Es indispensable sentirse parte de algo, algo que te puedas sentir orgulloso, pues no es el orgullo de carácter nacional el que nos arrastra a sentirnos victoriosos y darnos nuestra vuelta por la avenida reforma y vestirnos de verde para gritar alrededor de la estatua de la diosa Nike (o como todos la conocen, el ángel de la independencia), sino el orgullo de sentirnos superiores de forma racial con la comparación con otros países, sus perspectivas, sus estrategias, su técnica en el dominio del deporte, que a final de cuentas, en todas partes se debe de jugar con las mismas reglas. El fútbol se ha convertido más allá del simple deporte de balón en pie en un nuevo lenguaje universal, pues todos conocen el deporte, y todos saben lo básico de cómo jugarlo, y tan es así que la superioridad corporal entre un país y otro también es calificada por sus variantes en un mismo tema. Claro está que cada país tiene una forma indiscutible de ser superior en diferentes facetas, ya sea en el baile, en las ciencias, en el arte, en la gastronomía, en la estética, o inclusive en el chovinismo extremo (para muestra basta un botón jaja).

Sentirse superiores ha sido siempre en la historia de la humanidad algo que nos ha unido (le pese a quien le pese) pues la forma de pensar queda de lado cuando se descalifica o se subestima un comportamiento, forma de vida o cultura por ser diferentes a la que estamos acostumbrados a ver y aceptar porque no conocemos otra mejor o simplemente no nos interesa. El punto central del etnocentrismo es absurdo, ya que depende en su mayor parte de la casualidad de haber nacido en el lugar y circunstancia donde se exhibe una misma ideología o cultura, ¿O acaso alguien me negara que por tener sangre mexicana aún mezclada con otra sangre no se siente en parte orgulloso de serlo, cuando no depende de ninguno de nosotros ser lo que somos por descendencia?

Pero también es importante no dejar a un lado la parte emocional, el sentimiento, pues lo racional siempre cae en el error de creerse que es lo único de lo cual depende el humano para ser superior, pues el sentimiento hace sentir ese escalofrío cuando se toca una fibra nerviosa al ser atacada nuestra ideología, nuestra fe en algo que es parte de nuestro entorno, o saber que no estamos tan alejados de otras personas que nacieron con ideas, culturas y formas de pensar diferentes a la nuestra. Es bastante emotivo sentirse parte de algo en lo que se cree y más aún cuando se tiene frutos y admiración de lo que se cree.

Patrocinador:

Si tienes un sitio o vas a crearlo, obtén un descuento del 25% con el código "muchaspapas". Aprovecha.

El ser mexicano va por encíma de sentirse aficionado, o devoto religioso, pues aún con goles o sin goles, y aún sin virgen o señora de Guadalupe, es la emoción de poder comparar o demostrar algo que sabemos es más grande que nosotros mismos, pues en eso hemos crecido y hemos creído. En estos momentos, gran parte de las miradas están depositadas en 90 minutos de juego que desempeñan 11 personas que nacieron o comparten nuestra nacionalidad. Cada 4 años se da este suceso para deleite de todos (inclusive para los que no se apasionan o lo toman como algo natural) y no deja de ser emocionante, aún para los que no comparten esa emoción, enfrentar los sentimientos de los que sí lo son es gratificante (¿a quién no le encanta la confrontación?), pero aún cuando cada 4 años se siente uno tan cerca cuando en realidad se está tan lejos es una sensación de goce extremo, pues no somos nosotros los que jugamos, es más, ni siquiera nuestra voz tiene un efecto en los que están jugando, ya que qué mayor presión para ellos estar frente a millones de espectadores viendo y contemplando cada movimiento que hacen y anhelando ser la figura del momento, el héroe nacional (pues un héroe ya dejo de ser utópico, y se convirtió en un ser alcanzable para todos) y el portavoz de toda una nación para decir “somos los mejores”.

Ahora bien, el problema de todo este maniqueo es precisamente el lado de la derrota, de la decepción, cuando por más que se luche o se crea, el resultado es lamentable, ya que en toda confrontación debe haber un victorioso y un derrotado. Nos enfocamos solamente en la victoria de los nuestros, y no pensamos en las otras personas que han sido derrotadas, en aquellas que no tuvieron la oportunidad de celebrar, y la única forma que pensamos es sentirnos superiores frente a ellos, disfrutar el momento, pero no percatarnos que también podemos estar del otro lado, eso precisamente es un lado del que pocos hablan, ¿Pues qué sentido tendría hablar de los derrotados cuando somos nosotros los que hemos salido triunfantes ante la contienda?

En este año se celebrara una parte importante de nuestra historia, en la que según lo que nos han hecho creer, hemos salido victoriosos de nosotros mismos y de aquellos que oprimieron nuestra extirpe por tantos años, ¿pero realmente podemos decir que hemos salido victoriosos?, digo, sería bueno cuestionar 200 años de “cambio” comparado con los 20 años que hemos visto y vivido la caída de nuestra nación como potencia y como país próspero; y si llegáramos a ganar este duelo entre naciones con un deporte que sólo se queda en eso, en un deporte, ¿realmente nos sentiríamos que hemos ganado algo? Tenemos un gran camino por delante, y si hemos de ganar un deporte de talla mundial, creo que también merecemos y debemos demostrar que hemos ganado el respeto de nosotros mismos, de ser un gran país, con mucho por delante y mucho que ofrecer, más que nuestro territorio del cual yo ya me siento triunfante por tener la diversidad climática, los recursos suficientes como para que cualquier otro país se muera de la envidia y la cultura tan extensa y hermosa que nos ha tocado, debemos luchar, y ganar lo que por derecho nos toca por la simple casualidad de haber nacido aquí, que es una mejor sociedad para nosotros, los que nos rodean y los que nos sucederán, de eso debemos estar orgullosos, solo que aún no hemos conseguido ni siquiera el “empate”.

 
Real Time Analytics

Switch to our mobile site