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Un Martes como cualquier otro

Sábado, 16 de Enero de 2010

Esta es mi historia, y lamento tener que contarla de esta manera, pues resulta aún muy difícil para mí el poder relatarla sin omitir detalles y sin ser afectado por el daño que ocasiono este incidente en mi vida, del cual simplemente no se pudo evitar.

Aquel día martes, suponía que sería un día como cualquier otro. Aún cuando en donde vivo las cosas no son lo mejor posible, todavía se puede salir una sonrisa de las caras de las personas que viven en donde yo vivo.

Me desperté a las 8 de la mañana, preparé el desayuno para mi mamá y mis 4 hermanos menores, mientras me vestía rápido para aprovechar el día y llevar los mandados que tengo que recoger todos los días en la casa de mi tío.

El camino era tranquilizante para mí. Me gustaba mucho pasear por el boulevard 15 de Octubre, y observar la imponencia del Museo Nacional de la Caña de azúcar. Mi trabajo era recoger periódicos en casa de mi tío Mario, y los llevaba hasta la zona del barrio de Petion-Ville, que es donde vive la clase pudiente. Hay que subir una colina alta pero vale la pena al ver la clase de casas y personas que pasan por ahí, sobre todo extranjeros que vienen a visitar mi ciudad y consideran que es de las zonas más lindas del lugar.

Quería acabar rápido con mis labores para poder regresar a mi casa antes de las 3, comer algo y preparar la sorpresa que le tenía preparada a Camille, pues no se esperaba que hoy sería el día en el que me declararía mi amor por ella.

Apresuré el paso, y conforme iba dejando cada periódico en cada una de las casas, sentía que era un peso menos encima en la canastilla de mi bicicleta, que aunque ya estaba vieja por tanto uso, aún me rendía bastante y podía trabajar con ella mientras ahorraba para comprarme una mejor.

El día estaba soleado, pero había algo precisamente en ese día que no me cuadraba, creo que tenía ese presentimiento en base al gran nerviosismo que tenía por ver a Camille y decirle que deseaba poder compartir un momento con ella más allá de una simple amistad.

Dieron las 3, acabé un poco después de mi hora planeada, pero eso no me impidió en llegar a mi casa lo antes posible y poder comer un poco de riz et pois con deliciosos pesé banans. Apresuré el paso en digerir mis alimentos, pues había quedado de verme con Camille a las 5 afuera de su casa, que vive muy cerca de la iglesia de la capital y está a una hora de mi casa.

Dieron las 4, y me dispuse ir con mi bicicleta con un ramo de orquídeas que compré un día anterior para darle mayor emoción al momento de pedirle que fuera mi novia. Durante el trayecto de ida, me puse a pensar en los planes que tenía con ella, como abrir un puesto de artículos de ocasión para turistas cerca del puerto, y estaba seguro que con eso podíamos vivir felices y tranquilos.

Las cosas iban bien, pues ya tenía ahorrada una buena cantidad para los gastos del local del cual ya había hecho presupuestos.

Eran las 4 con 40 minutos, estaba muy cerca de su casa, pues las casas de alrededor me explicaban mediante un mapa que había hecho en mi cabeza donde vivía exactamente Camille.

Pasaron 10 minutos, y de repente, comencé a ver algo escalofriante, los carros empezaron a sonar sus alarmas, los arboles comenzaron a sacudirse, las personas empezaron a correr, mi bicicleta se desestabilizo y había perdido el equilibrio. Caí al suelo, y sentí como la tierra comenzaba a temblar de una forma horripilante.

Las casas se sacudían violentamente, los perros ladraban por todas partes mientras ensordecían los gritos de terror de las personas a mi alrededor. Era un terremoto, nunca había experimentado algo parecido, y no supe que hacer. Comencé a llorar mientras veía como todo se colapsaba y los demás corrían por el pánico.

Un señor corriendo hacia mi dirección tropezó conmigo, mientras yo seguía en mi llanto. Al alzar la mirada y ver sus ojos de angustia, comprendí que no era mi imaginación, realmente estaba pasando lo que sería el peor momento de mi vida. Nos pusimos de pie, mientras nos tratábamos de alejar de las casas, los postes de luz y los arboles.

En ese momento preciso, pensé en Camille, y sabía que corría grave peligro. Tenía que verla, ella me estaba esperando en su casa. Tomé mi bicicleta, y aún con el caos y el frenesí de los demás marchaba contracorriente a casa de Camille, mientras que todos corrían en varias direcciones.

Los carros habían sido abandonados, y otros habían chocado. Comencé a ver gente llorando más por desesperación que por angustia, pero yo tenía que llegar a mi destino, y ese era poder ver a Camille, saber que estaba bien y resguardarnos hasta que pasará el terremoto.

El camino se me hizo interminable, ya no sabía que pensar, solo seguía pedaleando hasta reconocer su casa, pero comencé a ver como las casas se empezaban a caer, mientras que los postes caídos obstaculizaban el camino.

Cuando llegué a la esquina de su cuadra, solté la bicicleta y me puse a correr, con las lágrimas en los ojos, mientras el fuerte movimiento del suelo me tambaleaba sin poder hacer nada. Caí más de 3 veces, y cada vez que caía, el polvo me dejaba ciego, era como si una tela blanca se impregnara en mis ojos y me impidiera ver. Todo estaba en polvo blanco, no podía respirar con normalidad, y las lágrimas salían no solo por el miedo de saber que todo se estaba desmoronando, sino también por el mismo polvo que irritaba mis ojos.

Solo veía sombras a mi alrededor, sombras de perfil blanquecino que corrían gritando donde se encontraban, o porque estaba pasando esto. Creí que nunca llegaría a la casa de Camille, y justo empiezo a reconocer la cornisa de su casa. Ahí estaba, su casa, pero solo podía ver el contorno de ella, destartalada como si estuviera en construcción; el segundo piso se había caído de la parte de la terraza, y el techo de toda la parte de abajo estaba deshecho.

Salte la barda como bien pude, y al caer, el sonido hueco de la cal y las piedras se escucho atemorizante. No veía nada, solo con mis manos podía observar mientras palpaba hacia adelante para no pegarme con un muro.

Tropecé, y mis rodillas y manos recibieron el impacto lastimándome con el suelo completamente lleno de piedras y pedazos de la casa. Me arrastre, ciego por el polvo, tosiendo, con las manos y rodillas raspadas, y sin poder escuchar mi propia respiración. Comencé a gritar su nombre en todas direcciones, Camille!!!, Camille!!!; pero nada, nadie contestaba, mis oídos se habían tapado, y solo podía distinguir aquellos sonidos fuertes de las personas que gritaban alevosamente.

Comencé a creer que ella había salido a tiempo de su casa y había evitado aquella tragedia. Y de pronto, mis manos sintieron algo diferente de entre los escombros duros y rasposos una textura fina y fría que se postraba frente a mí. Seguí tocando, y sentí cabellos que pasaban por mis dedos, y ahí no pude más, supe que era una persona, y toque su rostro para reconocer sus facciones. Era Camille, con su rostro fino y delicado, del cual reconocí al tocar sus labios que estaban perfectamente delineados, pero fríos y duros al tacto. La sacudí para despertarla, pero no reaccionaba, le grite su nombre: Camille!!!, Camille!!!, pero no respondía. Acerqué mi oído a su pecho, pero estaba frío, sin moverse, sin respirar, sin latidos que resonaran en su cuerpo.

No pude hacerme a la idea. Estaba muerta, y estaba ahí, justo frente a mí, sin poder decirme nada y con el cuerpo tan tieso que sentí un escalofrío pasando por todo mi cuerpo. Mi llanto no se hizo esperar, la tomé fuertemente de sus manos, mientras subía su cuerpo encima de mis hombros, y como pude la saqué de ahí. Al salir de su reja, el polvo de disipo y pude sentir en mis manos correr un liquido que se esparcía en mi ropa. Cuando llegamos a la calle, me senté en el suelo, con su cuerpo encima de mis piernas, mientras mis brazos la agarraban fuertemente, y me di cuenta que aquel líquido tenía una tonalidad oscura, que por el polvo se veía negra, era sangre de ella, sangre que salía de su cuerpo.

Y sin pensar en otra cosa, me quede con ella hasta que pasará todo esto, no quería dejar solo su cuerpo, sabiendo que alguien podía tomarlo, y perderme por siempre aquel momento que había planeado por tantos días, en donde pudo haber sido algo esplendoroso. Un día como cualquier otro día en Puerto Príncipe, con sus calles llenas de vida, y nuestros sueños vueltos realidad.

Axel Centrics Axel Centrics

  1. admin
    Sábado, 16 de Enero de 2010 a las 21:16 | #1

    Una experiencia que nadie quería vivir Ax. Gran relato, como todos los tuyos. Apoyar, en la desgracia, es primordial. Hermanarnos, es obligación.

    Saludos como siempre, mostro. Un abrazo a ti y los tuyos.

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